Según la OMS más de 800.000 personas se suicidan al año, lo que en la estadística se puede representar como una frecuencia de 1 persona que se suicida cada 40 segundos. También, algunos estudios, señalan que 1 de 4 adolescentes podría manifestar ideaciones suicidas, llegándose ha catalogar, al suicido, como la 2da causa más común de muerte de adolescentes.

Las causas son variables y, conforme a lo que la sociedad ha ido creciendo, mayores son los riesgos que enfrentan las personas para sostener su salud mental en pos de su propio bienestar. Por ello, que entre los riesgos más comunes que pueden inducir a las personas -principalmente adultos- a cometer la conducta suicida, pueden ser desórdenes mentales como la depresión o esquizofrenia, la prevalencia de algún trastorno de personalidad, como el trastorno borderline, o eventos traumáticos que yacen sin significar aún en su inconsciente. También está el aumento de la sensación de soledad o aislamiento social, el aumento de consumo de alcohol u otras drogas, desarrollar una conducta adictiva, mantener poco cuidado de la propia salud mental, experimentar fuertes cambios en el estado emocional (observándose la impulsividad e irritabilidad de forma más frecuente) y, finalmente, haber sufrido de sensaciones de ideación suicida previamente.

Sin embargo, más allá de la estadística y la concepción del desorden bioquímico que se produce a nivel cerebral y gatilla la conducta suicida, es fundamental hacer una reflexión en torno a dos puntos: 1) los mitos que se asocian a esta conducta y 2) el simbolismo de la conducta, es decir, ¿qué nos está diciendo nuestra mente cuando surge esta idea, esta emoción, sensación?

De acuerdo con el primero punto, los mitos (o prejuicios), en ocasiones en que he podido estar en contacto con diferentes personas a las que les he podido escuchar frases como que el suicidio es una cobardía o acto para llamar la atención, es un pecado o es una debilidad. Raudamente, entonces, observamos que estas afirmaciones terminan siendo prejuicios debido al desconocimiento que existe en la cultura sobre esta triste sensación que muchos hemos tenido en nuestra vida, o sea, querer terminar con mi vida; ¿Es un acto de cobardía? ¿es para llamar la atención? ¿Es un pecado? O ¿es una debilidad?

Al traspasar el prejuicio a pregunta, podemos reflexionar sobre lo poco o nada que podemos estar entendiendo sobre la fenomenología suicida, pues ¿cómo gano la atención si no estaré vivo? ¿Es cobarde decidir hacerse un daño tal que te quita la vida? ¿Es un pecado si mi destino era tomar esta decisión? Si soy tan débil, de ¿dónde tengo la fortaleza para atentar contra mi vida?

No ahondaré más en ese primer punto, pues siento que, al hacernos esas preguntas, nos podemos dar cuenta de que decir esas frases a alguien que está teniendo sensaciones suicida, resulta ser una anulación o invalidación a la subjetividad y emocionalidad del que está sufriendo y pensando en terminar su vida. Imagina, lo terrible que debe ser sentir, pensar o estar convencido/a de que tu vida no vale la pena ser vivida.

Por esto que debemos validar que quienes experimentan de estas sensaciones, ideaciones o conductas, no lo está pasando bien, no están felices, han perdido el sentido de su vida y de esperanzas, por lo que la pregunta es ¿por qué el ser humano siente esta sensación de atentar contra su vida? ¿Es genético? ¿es un aprendizaje? ¿es una conducta adquirida? En fin, diversas preguntas que nos permiten comenzar a generar mayor empatía por quienes señalan vivir o han vividos ideaciones suicidas como única respuesta a su propia existencia.

Desde una perspectiva Junguiana, haciendo un análisis del simbolismo del acto, la muerte, podemos entender que desde las antiguas civilizaciones, el concepto de “muerte” se ha significado como un “paso a….” o un “cambio a…”, y por ende, desde los arquetipos con los que la mente va construyendo sus significantes, el acto suicida, el acto de atentar contra tu propia vida, deberíamos replantearnos este acto como un simbolismo y una necesidad de generar cambios urgentes en tu vida, que te permitan alcanzar una mayor sensación de bienestar actual, permitiéndote nuevamente reconstruir significados para ti y tu vida, para darte una mayor sensación de bienestar emocional.

Es quizás, que por ello que en la adolescencia, es alta la tasa de intentos de suicidio que pueden realizar las personas, porque -justamente- es esta etapa en donde más cambios experimenta el ser humano, y si nos resistimos al cambio, puede que la sensación suicida aumente, pero siempre en el sentido de poder impulsarte a tomar valor y generar cambios en tu vida, brindándote mayores espacios para tu bienestar y así tomar mejores decisiones para vivir tu vida.

Una vez, una persona me comentó que para él, lo que vale la pena vivir la vida, es que no tenemos el control de lo que va a ocurrir de un momento a otro, por ello que cada vivencia, cada amanecer, cada momento importante de tu vida, cada etapa de aprendizaje que has vivido, son regalos que la misma vida te va dando, por lo que cada nuevo día es un sinfín de posibilidades que pueden ocurrir, por lo que no debemos perder la sensación de esperanza de que en algún momento, se generen cambios aún mejores de los que podemos hacer. Tampoco en la mirada de ver siempre ese sinfín de posibilidades que te da cada nuevo día, desde una perspectiva negativista o pesimista, pues desde una lógica probabilística, existe un 50% de probabilidad de que puedan ocurrir experiencias que no sean beneficiosas para nosotros, pero también, existe un 50% de que puedan ocurrir aquellos cambios que hoy necesitas para generar un mayor bienestar emocional.

Por favor, no intentes seguir el significado literal de esta sensación, sino que guíate como un llamado y una necesidad que tienes que hacer para generar cambios en tu vida para que favorezca tu sensación de bienestar. Pide ayuda.