La confianza es uno de los cimientos sobre los cuales se construyen las relaciones humanas, siendo considerada una actitud básica que se desarrolla a partir de los vínculos amorosos de la primera infancia (Guraieb, 2018), con la madre o figura maternante inicialmente, los abuelos, los hermanos, después. Es sabido que las experiencias tempranas influyen sobre el desarrollo emocional del niño, experiencias que se conocen como apego. Apego es el vinculo estrecho entre el niño y su cuidador quien, al mostrar disponibilidad y sensibilidad hacia las necesidades del niño, va creando en él una sensación de confianza y seguridad (Sánchez, 2011).

La figura materna tiene un radar perceptivo que va interpretando lo que su hijo necesita, y en ese vaivén de respuestas va instalando en el niño la seguridad, la confianza básica de la que habló Erik Erickson. El niño busca proximidad de sus figuras de apego para restablecer el equilibrio emocional, y por sus respuestas de contención y cariño el niño se calma. Ante el peligro, aflicción o inseguridad, el niño se siente seguro, tranquilo, alegre, con unos sentimientos estables y positivos. El niño aprende que es aceptable, potencialmente valorado y capaz de ser querido, en una relación en que tiene sentido de pertenencia “son mis padres, soy su hijo” e incondicionalidad “no me van a fallar” (Sánchez, 2011). El afianzamiento de esta confianza influirá en la forma en que ese niño se vinculará con otros. Esta actitud se renueva cuando el adolescente entra en el mundo extrafamiliar, momento en el cual se debe poner la confianza en el joven de que será capaz cuidarse solo (Guraieb, 2018).

La confianza que se desarrolla es tanto para uno mismo, hacia el interior, como para los demás, hacia el exterior, proyectándose en el mundo. “Confiar en uno mismo requiere un cierto grado de autoestima, de quererse lo suficiente como para querer lo mejor para uno” (Tesone, en Guraieb, 2018). Así, dichas experiencias tempranas influyen en el grado de seguridad de una persona, su capacidad para enfrentar la intimidad de las relaciones con otros y sus formas características de manejar la ansiedad (Sánchez, 2011). La persona ya adulta actualiza su patrón de apego en las relaciones de pareja, pudiendo desarrollar más seguridad y confianza en el caso de que tuviera un patrón de apego inseguro en la infancia. Este patrón inseguro tiene que ver con dinámicas de comportamiento de bienestar e inestabilidad (alternado), rechazo emocional, falta de respuesta emocional, interacción fría y distante, falta de disponibilidad y accesibilidad hacia los estados emocionales del niño (Sánchez, 2011), lo que podría afectar su confianza e inseguridad, por un lado, y la vida emocional y la intimidad, por otro.

En una palabra, los cuidadores no están disponibles emocionalmente para el niño, lo cual afectará la forma en que el niño regula sus emociones, especialmente cuando está en peligro, aflicción e inseguridad. También, se verá afectada su autoestima (modelo de sí mismo) y la confianza hacia los otros (modelo de los demás) (Sánchez, 2011). La persona adulta puede ir aprendiendo estrategias de regulación afectiva, sola o con ayuda, y tener experiencias de vida emocionalmente correctivas. Un aspecto importante a considerar es la importancia del perdón. Perdonar cómo fueron los padres en nuestra infancia resulta clave a la hora de avanzar en la vida. Al perdonar y sanar, se libera el dolor y las ataduras, y nos prepara para una vinculación distinta con nosotros mismos, los hijos, los otros y el mundo. La creatividad reina.

Referencias

Karin Renck

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Author

Karin es psicóloga de la Universidad Católica de Chile, especialista en terapia breve centrada en las soluciones, con magister en terapia de familia y de pareja. Tiene 17 años de experiencia.